sábado, abril 20, 2013

De la pantalla al cuerpo




               Hace muchos años, en los tiempos de estudiante universitario, me llamó poderosamente la atención el capítulo 4 del libro “La causa de los niños” de la eminente psicoanalista francesa Francoise Doltó.  El capítulo se titula “el encierro” y si Doltó viviera posiblemente opinaría que hemos logrado perfeccionar hasta lo impensable las formas de encierro de los niños, tanto que su vida se reduce  a una pantalla.

             El neoliberalismo creador de las condiciones de vida contemporánea ha llevado a que se construyan ciudades cada vez menos amigables con los niños. Desde los grandes edificios de las clases acomodadas hasta las casas de planes de vivienda para los humildes han reducido enormemente el espacio de juego… ya no hay patios ni galponcitos donde jugar, experimentar, descubrir… la plazita (si la hay) es demasiado chica para albergar a los pobladores del lugar (que no son solo niños). Cuando van a la escuela nada parece cambiar demasiado, el vidrio del colectivo se asemeja a una pantalla por donde se mira el barrio… el marco de la ventana nos recuerda al televisor donde la vida de los otros no se percibe muy distinta a un video de internet 


         Las casas en la antigüedad no eran tan compartimentadas y permitían que grandes y chicos participaran de un mismo espacio literalmente alrededor del fuego… de allí proviene que a la casa de familia se le diga Hogar. En la actualidad cada uno tiene un lugar y no es necesario que se produzca ningún tipo de renuncia porque la tecnología remite a que cada uno puede estar solo con su aparato… por lo que el diálogo se encuentra dañado, imposibilitado. De la misma manera que en un psiquiátrico cada paciente está solo con su mate y su delirio, en la familia contemporánea cada uno está solo con su pantalla… sea de TV, PC, o Celular en un mundo virtual en el que el cuerpo no está en juego… la tecnología ha logrado desalojar una parte importante de la convivencia hogareña.

            ¿Podemos hacer algo desde el movimiento scout a partir de estos modos de construcción de la realidad?

Hacerse cuerpo

            Si en su definición mínima hace muchos años se decía que la salud era el silencio del cuerpo, no es difícil pensar que no alcanza con darse cuenta de que se tiene un cuerpo cuando existe dolor, sino que hay que apropiarse de él para poder hacer lazo con otros.

            Parafraseando a Robert Pirsig en su libro “ZEN y el arte de la mantención de la motocicleta - Una indagación sobre los valores”; si la vida contemporánea se les ofrece a nuestros niños y jóvenes como un viaje en auto donde cada uno tiene su propio aparato y  la ventana cumple la función mediadora de pantalla un poco más grande donde el  cuerpo está anestesiado de sensaciones; el escultismo tiene que ofrecerse como un viaje en motocicleta donde el cuerpo vuelve a ser el lugar donde ocurren las cosas siendo el límite con la naturaleza y los otros… cuerpo vivo, que siente el viento, que suda, que se queda sin aire al pedalear, que hace silencio para escuchar otros ruidos que no son lo de la enfermedad.

            En el escultismo no transitamos por las autopistas para llegar más rápido; transitamos lentamente por los senderos, caminos vecinales, aquellos que al mirar el mapa – y al decir de mi hijo Alexander- se parecen a un intestino porque dan vueltas y vueltas sugiriendo posibilidades de sorprendernos con lugares donde podemos ver y abrigar imágenes y sonidos de la naturaleza con todo los sentidos…  donde viven personas en ritmo con la naturaleza, con otros tiempos, hospitalarias, dispuestas a una buena charla, facilitando que nuestra experiencia sea la de un goce sencillo, sin necesidad de exceso, redescubriéndonos en el relato con el otro.

           Los scouts tenemos claro que subir la montaña es una experiencia personal y de encuentro con los otros… no se puede chatear mientras uno está atento a cada parte de su cuerpo, a los latidos del corazón, sintiendo el viento que golpea nuestra espalda y nos hace dar cuenta que estamos empapados, sosteniendo las mano de quien la precisa, aferrándose a la soga, descansando con poco aire y una fina satisfacción de estar haciendo lo posible. Pero también sabemos que nuestro escultismo no es completo si no orientamos nuestro norte al  encuentro con el otro en el barrio, con el pobre, el inundado, quien necesita de nosotros en persona y que nunca podrá ser reemplazado por un imaginario “click” o “me gusta” de Facebook. No se siente lo mismo cuando el otro se hace carne… nuestro cuerpo se conmueve en todos los sentidos… podemos sentir el dolor que aúlla, la palabra triste, la angustia y la desesperación… y tomamos real conciencia del valor de dar una mano, de ayudar a colocar un ladrillo o acercar un alimento… el otro se encuentra en nosotros y nosotros nos encontramos en el otro y lo que se produce es intransmisible…

            No es posible entender el escultismo si no apuntamos a que cada uno de los miembros del Gran Juego pueda hacerse de un cuerpo propio que se direccione al otro real, y no al virtual que solo es una imagen mas en la pantalla que nos encierra en nosotros mismos